Lasse Hallström nos sorprendió agradablemente con la emotiva Las normas de la casa de la Sidra (1999), luego realizó Chocolat (2000) y antes había creado uno de los clásicos de la filmografía de Leonardo DiCaprio, ¿A quién ama Gilbert Grape? (1993). De aquellas películas lo que el espectador probablemente recuerde sea la mirada dulce de Juliette Binoche, la ingenuidad del rostro de Tobey Maguire y la sonrisa tierna de DiCaprio, ya que Hallström es un director de actores, y no de historias. En Una vida por delante son Robert Redford y Morgan Freeman, dos maestros del gesto, los que se encargan de trasmitir emociones infinitas con una sola mirada. Esta película excepcionalmente lenta pero que en ningún momento se hace aburrida, nos cuenta la historia de dos ancianos que de algún modo no hacen sino esperar a la muerte en su rancho de Iowa. Como en las otras películas de Hallström los conflictos emocionales son intensos; en esta película arrancan cuando la viuda del hijo del personaje de Redford, Jean (una correcta Jennifer López), llega al rancho para encontrarse con su suegro, llevando con ella a su hija. El drama interior de Einar Gilkyson (Redford) es que cree que odia a su nuera porque la culpa de la muerte de su hijo. Jean no quisiera estar en el rancho pero su nuevo novio le pega y quiere proteger a su hija. Mitch (Freeman) es el apoyo de Einar. La mitad de la película gira en torno a las fuerzas interiores de estos tres personajes adultos, como el olvido, el perdón y la amistad. Luego entran los elementos externos, como un oso y el novio de Jean, y aunque algunas escenas sean predecibles el placer de la película se obtiene gracias a las actuaciones.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.