Marisa Tomei es un mal presagio para casi cualquier película, aunque hay un par de excepciones en su carrera ("Mi primo Vinny", "In the bedroom"). En esta ocasión, sin embargo, la actriz no es lo peor de una película maniquea, cliché y disfuncional. De hecho, Tomei está relativamente bien, junto a Robert Carlyle, aunque la joya de esta película es la secundaria Mary Steenburgen, que actúa con una ligereza natural de la que el resto del reparto podría beneficiarse. Los actores protagonistas no consiguen sacar buen material de un guión pobre y, obviamente, no son responsables de no haber conseguido dar coherencia a una película que el director Randall Miller fracasa en hacer interesante. "Un toque de seducción" va un paso más allá que el de "Shall we dance?" en la tarea de hacer parecer aburridas las clases de baile, como si el cine tuviese algo en contra de este otro arte. Ahí están las películas clásicas de Astair, Ginger Roger y Gene Kelly para probarlo, o "La lección de tango" de Sally Potter, o incluso los arriesgados experimentos de Carlos Saura o "The company", de Robert Altman. Flaco favor le hace "Un toque de seducción" a las clases de baile, pues no hay casi nada que resulte de interés, o que esté bien planteado, en esta intrigante comedia romántica que carece de todo erotismo, química o capacidad de atraer. Tal vez la película llegue a conmover a audiencias nostálgicas, que busquen en el cine algo de la dulzura que parece escaparse de la vida cotidiana, pero "Un toque de seducción" no es, definitivamente, una película apta para la crítica.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.