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Esta entrañable cinta nos relata como el sueño americano sucumbe a los intereses económicos, como siempre. Cuando un buen día Don Preston decide (le sobraban agallas, y no olvidemos que es una historia real) que el usuario medio ha de poder disfrutar del mejor coche a su alcance, los ogros de Detroit se lo comen vivo y escupen sus huesitos, ayudados por una pléyade de jueces y políticos rendidos a sus pies. En Europa el único que pudo hacer algo parecido fué Don André Citroen. Desde entonces el único que tuvo arrestos para intentar cambiar las cosas, aparte de nuestro amigo Tucker fué Kennedy, y todos sabemos cómo acabó la historia. Pobre pueblo americano. Tan grande y tan ingenuo como para creer que su gobierno vela por sus intereses y no por el de las grandes corporaciones. Se merecen algo mejor que lo que tienen.
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