Cuando vemos una película, a veces, el espectador no sabe si los responsables del filme no tenían ni idea de lo que estaban contado o si no han sabido transmitir algo que les quedaba grande. Es difícil no sentirse atraído hacia “Tránsito”, aunque sólo sea por tener en cuenta a sus protagonistas artísticos y técnicos, Ewan McGregor, Naomi Watts, Ryan Goslin, Bob Hoskins y Janeane Garofalo actúan, mientras que el realizador de “Monster’s ball” y “Finding neverland”, Marc Foster, se hace cargo de la dirección. Si con tanto talento una película no cumple las expectativas, la decepción que provoca es mayor. Hay ciertas novelas negras que frustran a sus lectores al dar por obvia la claridad de un caso en su resolución, mientras que en realidad se le han estado afanando las pistas durante todo su desarrollo. En “Tránsito”, una mezcla entre “El sexto sentido”, “Mátrix” y “Mullholand Drive”, se nos aboca a una realidad y una narración incomprensible, sin ninguna clave a la que asirnos para saber qué está pasando o qué se nos está contando. La película concluye, afortunadamente, pero sin resolver el núcleo central de su enrevesada trama. No es necesario ni deseable que todas las películas sean iguales, o que prescindan del misterio y la ambigüedad, pero este no es el caso de “Tránsito”, ya que todo el ejercicio resulta ser un ridículo juego de pirotecnia sin una base teórica detrás que sustente sus florituras visuales y narrativas. Las esforzadas actuaciones de los estupendos protagonistas flotan en el vacío metafísico de la locura, sin conseguir arrojar ninguna luz sobre la historia. Pero lo que de verdad salva el filme de la catástrofe total es el ingenioso modo con que el director aúna imagen y fondo, plagando de sutiles pistas visuales a toda la película.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.