"Todos los hombres del rey" tiene demasiado peso como para levantar el vuelo, un reparto demasiado abultado (y fuera de lugar) y un montón de elementos que deberían haberse eliminado del guión al adaptar la novela original de 1946. No es de extrañar, pues quien dirige y escribe esta película bien intencionada y crítica con la demagogia de los políticos no es otro que Steven Zaillian, firmante de los guiones de "La lista de Schindler" y "Gangs of New York". Sean Penn como protagonista deja que el sol le dé en el rostro mientras viaja en un compartimiento de tren y la banda sonora de James Horner ilustra cada segundo intentando transmitir importancia a cada plano. Algo imposible, y que hace que al final todo parezca accesorio a un espectador incapaz de centrar la atención en tan magna obra. "Todos los hombres del rey" es un compendio de defectos morales, una crítica justa pero descompensada creativamente que apunta contra la codicia, los idealismos frustrados por intereses, la decadencia ética, traiciones de distinto tipo, luchas de poder, lujuria, secretos familiares y las casas coloniales con cultivo al lado. El exceso barroquista adecta también a los actores que chapucean junto a Penn, grandes nombres enfundados en sus trajes de la Depresión que no consiguen dejar huella entre el maremagno de propuestas que hace Zaillian: Jude Law, Kate Winslet, Anthony Hopkins, Patricia Clarkson, James Galdonfini y Mark Ruffalo trabajan de forma tediosa y confusa en una película en la que nada parece funcionar aunque se ve el esfuerzo (y dinero) que ha costado.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.