Si uno acude al estreno de "A todo gas 3: Tokio Race" esperando encontrarse una versión adolescente de "Shogun" o "Lost in translation", es que ésta no es la película apropiada para él. Si el espectador o espectadora, sin embargo, conoce esta saga que culmina ahora como trilogía, seguramente disfrutará con la remodelación de chasis que el director Justin Lin ha hecho de la serie. "A todo gas 3" es rápida y furiosa, da la sensación de ser nueva aún siguiendo las reglas de la franquicia, y tiene anotaciones culturales sobre Japón bastante por encima de la media que ofrecen este tipo de producciones. Es verdad que el argumento del filme no trata exclusivamente de carreras de bólidos: está el tema del extranjero en Tokio y hay romance. Pero todos sabemos que lo que de verdad importa es otra cosa, así que el espectador que quede pagado con las impresionantes escenas de acción será indulgente con una trama inmadura pero funcional, como vehículo y excusa de todo lo demás. Sean Boswell tiene que vivir junto a su padre, un duro marine destinado en Japón, para evitar cumplir condena por los destrozos causados durante una carrera en California. Por supuesto, al poco de llegar a Japón y demasiado casualmente (esto ocurre en su primer día de clase en su nueva escuela) un amigo ya le ha ofrecido su bólido para probarlo. Las incoherencias y la falta de verosimilitud importan poco, igual que el hecho de que el actor protagonista Lucas Black tenga 24 años y su personaje 17 (o que algunos de los intérpretes que dan vida a personajes contemporáneos de Sean lleguen a la treintena). Convenciones de Hollywood al fin y al cabo, que no estorban en lo demás: carreras y más carreras para quitar el aliento a un espectador asombrado y entregado si, por supuesto, no esperaba pasar hora y media de su tiempo riéndose de que Bill Murray sea más alto que los japoneses.
De Niro y Pacino, dos detectives a punto de jubilarse que van a recibir un último caso, el de un asesino cuyo objetivo son los criminales que han quedado en libertad.