“La plaga” es muy desagradable pero también muy divertida. Quienes hayan visto los trailers de la película harán bien en usarlos como primer filtro, para saber a qué tipo de imágenes atenerse. Si uno tiene estómago para presenciar la mezcla de babosas y sangre que James Gunn propone, podrán apreciar una de las películas recientes que mejor imita la clásica serie B. Esta nota sirve para advertir a aquellos que, sin ser incondicionales de este tipo de cine, disfruten con él pero estén cansados de películas que sólo asustan con ‘flashes’ repentinos e injustificados, o provocan angustia más allá de lo soportable. “La plaga” no tiene mayor complejidad que la que se nos propone en la primera hora de la película: un meteorito cae en un pueblo típico del medio oeste americano (o en una parodia de tal), provocando una absurda infección que vuelve muertos vivientes y mutantes a sus habitantes. No hay cuestionamientos sobre el fin último de la existencia ni sobre la fragilidad del amor, sino mucho sentido del humor, ingenio, y un buen manejo de los resortes clásicos del cine de horror barato. Lo mejor de “La plaga” es que no hay trampa ni cartón; no aparenta ser más de lo que es, pero cumple sobradamente las expectativas que levanta. Los protagonistas de “La plaga” se comportan, como obliga el género, de manera bastante estúpida en las situaciones de pánico; sin embargo ni los actores ni el director intentan defender que los personajes sean personas inteligentes, de éxito o con una motivación superior en la vida. Son personajes de una ficción terrorífica y humilde, que funciona precisamente por estas dos características.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.