Tras dirigir un corto llamado Las noches vacías, Alberto Rabal estrena su ópera prima, Síndrome, una obra cautivadora e inquietante protagonizada por Javier Albalá y Adriana Davidova. El filme gira en torno a dos personajes, Víctor y Ana, y una historia de obsesiones, depresiones y relaciones sexuales. Víctor es un hombre que acaba de enterarse que va a morir, y Ana es una mujer perdida en la confusión y la adicción que ha perdido la ilusión de vivir. Cuando Víctor se entera de su desgracia decide que ayudará a Ana devolviéndole las ganas y el entusiasmo por la vida, de una manera bastante particular: la secuestra convencido de que es lo mejor, aunque no tiene en cuenta el amor desenfrenado que siente por ella... Esta película nos transporta a dos visiones muy diferentes de la vida, una de ellas es las ganas de vivir una vez que no se puede, y la perdida de ese entusiasmo cuando no se teme por la vida propia. Siendo tan diferentes estos dos personajes se abren el uno al otro, descubriendo aspectos que no conocían o consideraban hasta ahora; pero lo particular de esta película es que aunque suene que es un tema ya utilizado, como el descubrimiento tardío del valor de la vida, Síndrome consigue transmitir su idea con maestría sin caer en la típica conclusión de otras producciones.
El rodaje en cámara digital es estupendo, demostrando que hay mucho todavía por experimentar en este estilo de filmación. Además de servir como vía para contar una historia de la manera más cercana posible, el estilo de rodaje utilizado en esta cinta nos permite disfrutar de unas actuaciones naturales y entregadas que conforman una gran parte del éxito de esta película.
Síndrome nos propone un viaje hacia el interior de dos personajes adictivos y problemáticos pero que consiguen encontrarse a pesar de todo. Esta primera película de Rabal es tan inteligente como audaz, llevándonos a la conclusión de que todavía nos queda mucho por ver del talento de este nuevo director.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.