El director francés Christophe Ganz refina el eclecticismo exacerbado de que ya hiciera gala en "El pacto de los lobos", un extraño experimento imperfecto que sin embargo apuntaba muchas virtudes. "Silent Hill", precisamente porque se mueve en el género mucho más trillado del terror contemporáneo, permite a este inventor del cine expandir las posibilidades del mismo y mezclar opciones muy diversas sin cansar o marear al espectador. "El pacto de los lobos" duraba demasiado, dando lugar a que el eclecticismo que asombra durante la primera parte, la mezcla de argumentos aparentemente irreconciliables que Ganz ponía en común, se desparramase hasta límites absurdos. "Silent Hill" es aparentemente más moderada desde el comienzo: una apertura magistral, veloz y misteriosa, abre con todos los tópicos que una película del estilo debe respetar. La hija de la protagonista (maravillosa Radha Mitchell en el papel de madre desesperada) tiene unas misteriosas pesadillas; sin perder tiempo en análisis fantasmales que de nada servirían al espectador, las protagonistas marchan en el minuto cinco hacia el pueblo maldito que da título al filme; al cuarto de hora la hija ha desaparecido, y la madre se encuentra perdida en una dimensión paralela. Lo que sigue es un desvarío descomunal pero muy placentero: Ganz expolia el nuevo terror japonés y lo integra en la tradición sajona de los terroríficos pueblos fantasmas, sazonándolo con toda una retahíla de lugares comunes, remozados para la ocasión, de clásicos modernos como "Pesadilla en Elm Street", "Viernes 13" o "Poltergeist". Lo maravilloso de la mezcla es que funciona. "Silent Hill" es muy sutil en su imagen: preciosas fotografías minimalistas que esconden el horror en detalles casi inapreciables, creando una ansiedad inexplicable en el espectador. La combinación de este minimalismo con el exceso bien usado funciona a las mil maravillas, y mantiene siempre en jaque inconsciente al espectador. Porque "Silent Hill" es a la vez un filme obvio, plagado de trampas cinematográficas de muy buen gusto. Lo mejor, es que Ganz confunde al espectador, pero le permite participar de esta confusión: crea un lazo fuerte entre las protagonistas (pues este es un filme radicalmente femenino, hasta el final) y los espectadores, que sufren el misterio en carne propia sin sentir que se les engaña. Es un producción de fantasmas, nos dice con claridad Ganz, y todo está permitido, aunque la película tiene una lógica aplastante dentro del caos visual y argumental que propone. Los últimos diez minutos, la elevan hasta convertirla en uno de los mejores filmes de terror recientes.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.