Este "Segundo Asalto" de Daniel Cebrián, después de "Cascabel", pasará por nuestras pantallas con más gloria que su anterior película. Hay motivos sobrados, especialmente la actuación superior de Darío Grandinetti, el hombre que lloraba en "Hable con ella". El actor argentino se come la pantalla en cada aparición, con un saber hacer muy medido que sin embargo queda natural. Grandinetti borda el amargo papel que le depara la trama de la película, llenándolo de humanidad, con momentos muy luminosos. Desengañado, es un ex-boxeador que atraca bancos después de retirarse del deporte. Avisado, con una perspectiva de la vida madurada a base de golpes, se cruzará en el camino del joven Álex González. El joven púgil aún tiene una visión romántica de este deporte y de su existencia. Cebrián extrae el material base del film de la relación entre ambos boxeadores. No obstante, el boxeo no es el centro de esta película, sino el lugar metafórico en que se ambienta, como la ilustración de los golpes que da la vida, y de la capacidad de defenderse que los personajes necesitan desplegar. El escenario físico de "Segundo Asalto" es Madrid. La gran ciudad acoge con su realidad los otros temas que se desgranan en la historia: marginación, racismo, la dificultad de la adaptación, la falta de hospitalidad hacia lo extranjero. "Segundo Asalto" denuncia con firmeza pero sin acritud. Daniel Cebrián cuenta una buena historia, de un modo elegante, sin caer en las sequedades habituales del realismo social. Las historias de estos dos hombres se entremezclan, positivamente, y les permiten cambiar, aunque de una forma inesperada y con una propuesta moral muy interesante al final.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.