"Rosas rojas" tiene dos elementos de fondo que la hacen interesante, aunque cuando la película ha terminado hayamos de aceptar que era sólo otra comedia romántica hecha con los clichés obligados. Estos dos temas son el lesbianismo y una fe en el amor verdadero a pesar de los riesgos que implica. El primero es un tema que continúa resistiéndose, a pesar de la mayor atención que presta a la homosexualidad masculina. El segundo, aunque clásico fundamento de la comedia romántica, parecía estar perdiéndose en una época en que este tipo de cine nos inclina a la resignación y comodidad sentimental. Entonces empiezan los problemas de una película que, pese a tener como protagonistas a dos chicas enfrentadas a una homosexualidad recién descubierta, resulta tan tramposa y predecible como sus precedentes heterosexuales. Hay en "Rosas rojas" mucho cliché y mucho elemento inverosímil; aunque el filme favorece el mensaje "sigue a tu corazón". Ol Parker dirige la cinta con la intención de que las cosas se resuelvan bien para sus protagonistas, limitando las posibilidades de una historia que podría ser interesante pero que desarrolla de modo rígido y cuadriculado. Normalmente asumimos que el género romántico use determinadas trampas de guión hacia el final del filme, uniendo los hilos sueltos de manera inverosímil para el espectador que busca una historia dulce. "Rosas rojas" cae en demasiadas situaciones ridículas desde el primer cuarto de hora. Sin embargo, el excelente trabajo de los intérpretes protagonistas, esforzados en su labor y con un agradable carisma, dulcifica la torpeza de la dirección y el guión.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.