El guión de Flightplan parte de un absurdo: en un avión una madre que ha embarcado junto a su hija pierde a esta última. No sólo no la encuentra, sino que ningún pasajero recuerda a la niña y la tripulación no tiene constancia de que haya subido al vuelo. La madre es Jodie Foster, y su magnífica labor interpretativa salva algunos de los escollos a los que la difícil propuesta debe hacer frente. Aunque parezca extraño el guión salva sin trampas el asunto de la desaparición, lo que es considerable. Sin embargo la película tiene una primera parte muy interesante, que recuerda a Hitchcock pero está lejos del maestro, y una segunda parte mucho más burda, digna de Rambo. Los que busquen un thriller puro e interesante, únicamente encontrarán la primera parte emocionante, luego seguirá la decepción. Flightplan aprovecha la nueva psicosis referente a los aviones para crear una tensión extraña, mezclando surrealistamente la paranoia íntima de su protagonista con el miedo generalizado a los accidentes y secuestros aéreos. Pero para ello cae en muchos absurdos: además de mostrarnos a una plantilla profesional estúpida, cuando no cruel, a bordo del avión, uno se pregunta por qué nadie es capaz de parar el ataque de pánico de Foster cuando no encuentra a su hija. No por ella, sino por el resto del pasaje. A medida que avanza la película la certeza de que Flightplan va a estrellarse aumenta. Aunque el director, Schwentke, consigue hacer pasar un mal rato a sus pasajeros cinematográficos, el intento hace agua por muchos sitios. A la mínima que uno haga uso de su juicio crítico la película lo expulsa de su historia; el planteamiento surrealista inicial deja paso, finalmente, a un absurdo narrativo cada vez mayor. Jodie Foster está fantástica, ya que siempre consigue atraer la atención del espectador.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.