El capitán Jack Sparrow corre el peligro de volver a estar maldito justo cuando había escapado de “La maldición de la Perla Negra”. Si no consigue pagar la deuda de sangre que contrajo con el legendario Davey Jones, capitán del barco fantasma Flying Dutchman será maldecido a una vida eterna de servicio y esclavitud. Afortunadamente, Will Turner y Elizabeth Swann volverán a estar a su lado, aunque a ellos no les parezca tan divertido que los problemas del parrandero Jack arruinen sus planes de boda.
Para los pocos que no conozcan “Piratas del Caribe” esta sinopsis de su secuela puede dejarles algo confundidos. La primera parte, de lo que hasta el momento será una trilogía, nos presentaba una película de piratas poco habitual, rescatando uno de los géneros más divertidos de Hollywood y revistiéndolo de modernidad e incluso postmodernismo.
En aquella primera película de 2003 conocimos a Jack Sparrow, a cuyo alrededor orbitaba todo el argumento; su capacidad para crearse problemas sólo quedaba superada por su habilidad para salir de ellos con una reverencia irónica, que volvía a meterle en nuevos líos. Si Jack Sparrow era un pirata distinto se debe, en gran parte, a la habilidad de los guionistas Ted Elliott y Terry Rossio para crear un ser atípico, probablemente uno de los nuevos personajes inmortales del cine, un pirata con los peores vicios hasta para un pirata: es sucio y tramposo, pero también cobarde y tímido sexualmente, aunque en el fondo se le adivinan algunas vetas de nobleza (las justas, eso sí). Pero Sparrow debe también mucho de su peculiaridad a la interpretación de Johnny Depp, uno de los actores más interesantes de Estados Unidos, que convirtió al pirata en una especie de estrella de rock y noble venido a menos de alguna corte francesa.
Tanto los guionistas, como Depp y Jack Sparrow, y el director Gore Verbinski, repiten en esta primera secuela de “Piratas del Caribe”. La segunda película se mantiene fiel al espíritu de su predecesora: aunque es estremecedora en algunos momentos, el humor es parte esencial del proyecto; a pesar de rozar la parodia del género, las escenas de acción y peleas son apabullantes; incluso cuando los efectos digitales son de lo más avanzado de Hollywood, el carácter de la serie tiene un elemento nostálgico y se relaciona sin problemas con los clásicos del género.
La historia se desarrolla en los mares del Sur, un caldo de cultivo natural estupendo para la magia negra y el vudú. El contrapunto lo pone la Armada Inglesa, que vigila sus colonias con bienintencionada racionalidad y personajes como el Gobernador Weatherby Swann (Jonathan Price) y el almirante Norrington (Jack Davenport). “Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra” se iniciaba cuando encuentran al pirata Jack Sparrow y deciden colgarle. Pero por azares del destino, Sparrow entabla contacto con la hija de Swann, Elisabeth (Keira Knightley) y su novio Will Turner (Orlando Bloom), colono a la vez que hijo de un pirata sin saberlo.
Por supuesto, tras toda una película luchando juntos por sus vidas contra el fantasmal pirata Barbosa, interpretado por Geoffrey Rush, desarrollan algo parecido a una amistad. En “El cofre del hombre muerto” volvemos a encontrar fantasmas y monstruos, con la ampliación de espectáculo que una segunda parte que se precie debe proporcionar.
A los calavéricos piratas de la primera parte los sustituyen ahora una serie de personajes con cabezas de pez. El capitán Davey Jones, enemigo de Sparrow, tiene tentáculos de sepia bajo su nariz, y su tripulación está constituida de tiburones y de peces martillo. Si Sparrow no consigue encontrar una brújula, un cofre y la llave que lo abra, será condenado a una vida, eterna, de esclavitud ante Jones. Y con él, Elisabeth y William, que muestran su amistad, y la flota británica que a su pesar se ve implicada en la aventura.
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