"Pequeña Miss Sunshine" es una hilarante maravilla de lo más inesperado. Sus intérpretes protagonistas podrían presagiar lo mejor y lo peor, pero afortunadamente Toni Collete, Gregg Kinear y Steve Carrell están a la altura de "La boda de Muriel", "El Matador" y "Virgen a los 40". Un casting en estado de gracia que proporciona una de las sorpresas más desternillantes y agradables de la temporada. Jonathan Dayton y Valerie Faris debutan en el largometraje tras una larga carrera dedicada al vídeo musical. La historia de "Pequeña Miss Sunshine" es la de una familia al borde de la desintegración, como tantas otras en las calles y en el cine, que emprenden un periplo en una furgoneta oxidada para llevar a la pequeña a un concurso de belleza. El filme sigue el clásico patrón de juntar en un espacio y tiempo reducidos a un grupo de personajes heterogéneos hasta el absurdo, con un tono similar al de "Los Tenembaum, una familia de genios". Dayton y Faris se sitúan ahora, y esperamos que les vaya bien, entre Jonze y Gondry, provenientes del vídeo clip aunque mucho más agitados, y los surrealistas Wes Anderson y Noah Baumbach, director de "Una historia de Brooklyn". "Pequeña Miss Sunshine" lleva al paroxismo cómico situaciones imposibles, aunque toda la película está atravesada de una maravillosa sensación de realidad mágica, de profundad humanidad y gran afecto. Los personajes de la película intentan comunicar, como en un último esfuerzo, el gran amor que se tienen, aunque a su alrededor se hayan levantado barreras invisibles. Pero lo mejor definitivamente es la elección de los intérpretes, un grupo de artistas capaces de dignificar lo más bajo y hacer creíbles con el cinismo justo los raptos de dulzura más empalagosos.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.