Uno de los ejemplos más negativos de cómo una serie puede traicionarse a sí misma, negativamente, lo tenemos en la hexalogía "Star Wars", y en la sensación de desamparo que los nuevo episodios de la saga provocaron en sus seguidores más antiguos. Un ejemplo positivo lo tenemos en la serie "Harry Potter", que hasta el momento ha crecido con las aportaciones de cada nuevo realizador. "Misión: Imposible" cae, desgraciadamente, del lado de "Star Wars". Parece ser que fue el propio Tom Cruise, protagonista y productor de la saga, el que decidió que cada una las películas de "Misión: Imposible" debería contar con un realizador distinto. Así, a la sobriedad visual y tensión sostenida que Brian DePalma dio a la primera parte, siguió el derroche coreográfico y colorido de John Woo. A pesar de que este tipo de producto vive de crear un número fiel de seguidores, "Misión: Imposible: III" puede dar un buen susto a muchos de estos. La tercera película no puede ser más infiel al espíritu de la serie original de televisión ni a la primera versión cinematográfica que de ella se hizo. J.J. Abrams, realizador especializado hasta ahora en televisión, añade un toque personal a la imagen visual de "Misión: Imposible", pero no consigue repetir los peores defectos en que la saga empezó a hundirse ya en la segunda película. El guión hace imposible descifrar la historia que se esconde entre las secuencias. En resumen, da lo mismo que el excelente Seymur Hoffman pretenda ser un malo de antología, que Cruise intente humanizar un protagonista cada vez más cliché, y que las escenas de acción den vueltas sobre sí mismas con explosiones cada vez más grandiosas y hazañas inverosímiles hasta la estulticia.
Mark Wahlberg se mete en la piel de uno de los personajes más carismáticos de los videojuegos, un atormentado policía en busca de los asesinos de su familia.