"Memorias de una geisha" tiene una de las fotografías más bellas de la historia del cine, y el diseño de producción, vestuario, maquillaje, tienen una calidad igualmente superior. Lamentablemente se cumple el viejo tópico: cuando lo más llamativo de una película es la fotografía, algo está fallando. Porque los bellos e intensos colores que Dion Beebe consigue en la fotografía, la delicadeza de los escenarios, y la puesta en escena demuestran que hay un ingente trabajo de un equipo artístico enorme y bien capacitado: pero hay poco en la dirección de Rob Marshall, el guión y la actuación para sostener el edificio. "Memorias de una geisha" deja una sensación ambivalente, pero tendente sobre todo a la tristeza: la película podría haber sido una obra maestra pero se queda en el camino, bien lejos de su meta. Es difícil saber por qué se ha perdido tanto en la adaptación del libro de Arthur Golden, pero puede suponerse que las decisiones de los productores hayan sido demasiado exigentes sobre el producto a conseguir hasta hacerle perder fuerza y lógica. Excepto por lo que toca al trabajo de arte, "Memorias de una geisha" provoca demasiadas dudas; Marshall podría haber elegido quedarse más cerca de los personajes, hacer una película más intimista, pero opta por otra cosa y en el camino se pierde. Aunque la historia está filmada como una obra épica, en ningún momento llega a juntar la fuerza que un trabajo como el propuesto necesita, y el resultado es que parece hacer aguas. Aunque no llega a aburrir, es fácil sentir que la historia no va a ninguna parte, con la consiguiente incomodidad que esto provoca. Quienes vean la versión original además tendrán problemas con unas japonesas que hablan en inglés, porque en algunos casos son chinas, pero este problema se extiende al sentimiento general del film. El Japón que nos propone Marshall es un Japón de cartón piedra, artificial, igual que el Chicago de su anterior film. Pero mientras que en aquella ocasión la falsedad estaba justificada por el género, el musical, en este caso no tiene sentido: "Memorias de una geisha" intenta parecer una historia verídica pero causa la misma impresión que aquellas películas antiguas de Hollywood, cuando un actor occidental se hacía pasar por chino con un poco de maquillaje.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.