No se llevó el premio al mejor director del Festival de Sundance 2006 y el del mejor montaje del mismo festival por casualidad. Lograr estos galardones, que al fin y al cabo constituyen el más prestigioso premio independiente que hay en EEUU, es un hallazgo. La película navega entre la nostalgia y dramatismo, haciéndonos recordar un tiempo que no volverá y que, de algún modo, esa generación que ahora reclama su lugar histórico a través de los anuncios de Coca-cola recuerda. Está ambientada en los últimos años 80; una época en la que la criminalidad de barrio en EEUU era ya un problema grave pues la heroína, la droga de los pobres, convirtió a muchos en auténticos desechos humanos. Es un paréntesis temporal para olvidar... o recordar según nos venga de gusto. Cuando queramos sentirnos deprimidos, podemos entrar en ese túnel del tiempo y rememorar las lágrimas que nos inspiró. En cambio, también guarda suficientes recuerdos divertidos como sacarnos la sonrisa. Es lo que ocurre cuando se ve esta película: es un recorrido entre la euforia y la tristeza que uno siente de un modo muy propio y que no deja a nadie indiferente.