No vamos a pedirle precisamente a Woody Allen que cambie, y menos cuando está a punto de cumplir setenta años. Aunque llevaba desde 1997, con Desmontando a Harry, sin presentar una película que fuese profunda y estuviese convenientemente estructurada, la fe puesta en él por sus admiradores se ve ahora recompensada. Match Point es una obra maestra. El director neoyorquino tiene unos temas y unos modos que han ido reiterándose a lo largo de toda su obra. Muchas veces sus películas las ha producido con cierta inercia y automatismo, pero su estilo personal le ha salvado casi siempre el pellejo. De vez en cuando ha hecho grandes películas en fondo y forma, innovadoras y profundas. Tal vez Match Point esté más cerca de Delitos y faltas (1989) que de ninguna otra de sus películas. Como aquella, Match Point es una película filosófica: su historia sirve para expresar las verdaderamente profundas reflexiones de su director sobre la suerte y los reveses de la fortuna. El tenis es a la vez la metáfora y el contexto perfecto para complicar la vida a sus jóvenes y ricos protagonistas. Jonathan Rhys-Meyers (Velvet goldmine) y Scarlett Johansonn (Lost in translation) realizan dos impresionantes interpretaciones de dos personajes muy dificiles. Aunque la película tiene un tono serio hay en Match Point, como lo había en Delitos y Faltas, un humor subterráneo que subvierte muchas situaciones, con agudas frases que quedarán grabadas en la conciencia del espectador. Lo que no pudo hacer satisfactoriamente con Melinda y Melinda, ofrecer dos películas en una, lo hace ahora: la primera parte de Match Point es una deliciosa comedia romántica de altos vuelos, con jóvenes neuróticos y seductores. La segunda parte adopta los tonos trágicos de Strindberg y la fatalidad, muy del estilo de Dovstoievski, que arrasa a los personajes. Amores, flirteos, culpa, errores, todos elementos muy Allenianos. Y, sin embargo, Allen se ha renovado. Puede ser por el capital británico, o puede que sea que Rhys-Meyers interpreta al protagonista sin imitarle (algo de lo que no supo librarse Kenneth Brannagh en Celebrity), pero lo cierto es que Match Point tiene un sabor distinto a otras obras de Allen. La banda sonora está compuesta exclusivamente de ópera. La imagen misma tiene otro tono y ritmo. La fotografía de Remi Adefarasin realza la sensación de que Allen mistifica Europa, pero esto no daña el resultado final: al contrario, Allen vuelve a hacer una pieza de realismo poético. Deleita con su incisivo retrato moral, pero es artificialmente hermosa, como toda obra de arte.
La tregua entre el mundo de los humanos y el reino de lo fantástico está a punto de romperse. En estos casos sólo hay una criatura a la que se puede recurrir.