A mediados del siglo XVIII una austriaca real de 15 años fue enviada a Francia para casarse con el rey Luis XVI; Sofía Coppola recupera la figura de la reina María Antonieta en la película a la que la monarca da nombre, interpretada por Kirsten Dunst.
Pero nos encontramos muy lejos de una película histórica al uso. Coppola, una de las últimas revelaciones de Hollywood y la primera mujer en ganar un Oscar al mejor guión original, reinventa la historia de la residente más famosa de Versalles a ritmo de vídeo-clip. La Corte más elegante de Europa revive sus mejores fiestas con música del siglo XXI y María Antonieta se nos presenta como si fuera una joven recién llegada a un instituto nuevo, una adolescente preocupada por la popularidad y por mantener fuera de su vida cualquier rastro de profundidad.
A pesar del escepticismo con el que fue recibida la película en su estreno en el Festival de Cannes, “María Antonieta” ganó el Premio de Cine del Sistema de Educación Francés, un reconocimiento al valor didáctico de la película. La Corte que Sofía Coppola retrata equipara la superficialidad de los últimos monarcas franceses con la de las estrellas de Hollywood y del rock contemporáneos, en un experimento no demasiado distinto al que hizo Baz Luhrmann con la obra de Shakespeare “Romeo+Juliet” (1995).
Los más estrictos con la fidelidad histórica pueden sufrir un ataque de histeria, porque “María Antonieta” definitivamente no es para ellos. Les recomendamos a cambio el “Ridicule” de Patrice Leconte o “La inglesa y el duque” de Eric Rohmer, aunque hacer el intento de entender las intenciones de Sofía Coppola no es necesariamente una pérdida de tiempo.
La americana, hija de Francis Ford Coppola, intenta redimir la figura de la reina hablando de su aspecto humano, situando a una mujer joven bajo la presión de tener que concebir un hijo para el rey de Francia en una corte poblada de lenguas afiladas y crueles intenciones. Imprimir ritmo e imágenes contemporáneas sirve a la directora para enlazar una Corte que pronto sería superada por la Revolución con un presente en el que la superficialidad y la confusión moral son reinas de la escena. Coppola intenta redimir a una reina dedicada a la caridad y adorada por el vulgo en los primeros años de su reinado, pero aún así una de las cabezas visibles del régimen feudal que caería con su cabeza.
La directora puebla la Corte de Luis XVI de la gente guapa que rodea hoy día cualquier desfile de moda. A la cabeza la joven Kirsten Dunst, que se dio a conocer en “Entrevista con el vampiro” cuando era una niña y que protagonizó el debut direccional de Coppola, “Las vírgenes suicidas”. Dunst interpreta a una reina que vive íntimamente angustiada aunque muestra al mundo una imagen feliz y superficial con tal de conquistar los corazones de sus súbditos: no en vano es una reina a la que su marido mantuvo alejada del poder por la eterna sospecha de que era una espía austriaca, y de la que el mito dice que respondió ‘que coman pastel’ cuando escuchó que el pueblo no tenía pan que llevarse a la boca.
El papel del triste Luis XVI lo interpreta Jason Schwartzman, un actor normalmente ligado al cine independiente al que vimos por primera vez en “Rushmore (1998”, del director de “Life Aquatic” Wes Anderson) y que en 2005 volvió a nuestras pantallas en “Extrañas coincidencias”. Da vida a un rey apocado ante la belleza de su nueva esposa, que recibe consejos de su nuevo cuñado para saber cómo comportarse exitosamente en la cama. En el reparto encontramos también a Steve Coogan, Judy Davis y Rip Torn. La fotografía, brillante y que destaca los tonos pasteles, la firma un colaborador habitual del ex-marido de Coppola, Spike Jonze, con el que rodó “Cómo ser John Malkovich” y “Adaptation”.
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