A medio camino entre "El exorcista" y "Mira quien habla", "Mala leche" es una vergüenza desafortunada para algunos de sus responsables. Aunque sabemos poco del director Patrick Alessandrin, es triste afirmar que "Mala leche" es un enorme paso en falso del guionista de la película, Laurent Chouchan, firmante del libreto de la imaginativa farsa francesa "Tanguy: ¿qué hacemos con el niño?". "Mala leche" pasa por ser una comedia, pero difícilmente arranca alguna sonrisa del espectador y mucho menos consigue sumar un par de carcajadas. La idea de construir una humorada sobre la posesión de un niño pequeño no es demasiado imaginativa, pero podría haber resultado mucho más eficiente si, por ejemplo, el guión no recalase continuamente en la solución más obvia a cada problema planteado. La historia de "Mala leche" es una sucesión de lugares comunes sin segunda lectura: la parodia no funciona, la farsa es inexistente, y las réplicas son burdas. Posicionarse sobre la dirección de actores de Patrick Alessandrin es más difícil: por un lado, la elección del reparto parece arbitraria, y no tiene mucho sentido poner a Ophélie Winter y a Maria Pacôme junto al solvente Thierry Lhermitte ("La cena de los idiotas"). No obstante, de este último podríamos decir que su buen hacer depende de la capacidad del director con el que trabaja, pues muchos de sus fallos en "Mala leche" no pueden justificarse sólo por la presencia de actores menores que difícilmente pueden articular un personaje verdadero. Además, "Mala leche" está teñida de un mal gusto innecesario y de escenas escatológicas que no vienen a cuento, y un final terriblemente humillante. Si ésta tonta película es la respuesta europea a "Scary movie", deberíamos dejar que los americanos hagan lo que mejor saben hacer y dedicarnos a otras producciones.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.