Todos conocemos ahora el fenómeno del "bullying", retratado de manera deshonrosa por esta llamada comedia, que no responde a muchas de las preguntas que este fenómeno sociológico provoca. Al contrario, "Los calientabanquillos" es la respuesta a qué cosa puede ser peor que otra película sobre un equipo infantil de baseball, de esos que siempre pierde, pero cuyos miembros aprenden al final el valor de la amistad y del trabajo en equipo. No diremos cómo termina, pero daremos la respuesta a la pregunta inicial: una película así puede ser peor si en lugar de niños tenemos como protagonista a Rob Schneider, el "Gigoló europeo", y a dos actores de su calaña. Lamentamos, eso sí, que Jon Heder, el increíble "Napoleón Dynamite", deba ahora ser metido en el mismo saco. La ironía del filme es que el director Dennis Dugan, irrelevante todavía y centrado en la televisión, justifica la serie de chistes sobre flatulencias y olores corporales varios a los que nos somete con un preámbulo psicoanalítico: los tres necios protagonistas buscan revancha por los insultos a que les sometieron otros niños cuando ellos eran pequeños, y para ello se introducen en la liga infantil. Este conocimiento básico del concepto de trauma infantil es todo lo que de inteligente tiene esta película, poco accesible para adultos y, en nuestra opinión, una de las peores opciones en cartel para los más pequeños. La educación de un niño también pasa por el cine.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.