Es verdaderamente impresionante que, con el despliegue de sangre y vísceras que Alexandre Aja nos prepara en "Las colinas tienen ojos", el horror que produce sea tan limitado. El problema principal de esta película es el que aquejaba en menor grado a "28 días después", de Danny Boyle: los monstruos, los humanos mutantes, producen menos miedo cuanto más tiempo pasan en pantalla; más estúpido es su comportamiento y más obvio resulta el maquillaje. Aja no escatima en elementos gore, dejando poco espacio a la imaginación en este remake de la película de Wes Craven de 1977. Cierta torpeza, y algo de indecisión en la dirección, hacen sin embargo, que tal exhibición sangrienta resulte gratuita y poco emocionante (asquerosa sí, pero sin pasión). No todos los estómagos estarán preparados para la carnicería que se cuece después de un comienzo lento y tópico: al final del ejercicio gran parte del público se sentirá sucia y con mal cuerpo, incluso los fanáticos del género, porque los desgarros visuales no vienen apoyados por una historia potente. No nos referimos aquí a que los personajes eviten caer en las tramas que el inexorable destino del género de terror les prepara, si no se comportasen de manera absurda, tomasen el atajo que no deben tomar, o supiesen que sus móviles van a dejar de funcionar cuando más los necesitan, no habría tales películas. No obstante, el director debe poner de su parte; no puede dejar al público por completo el trabajo de pasar por alto todos los clichés que se le preparan, por buena voluntad que la audiencia tenga. Algo de imaginación por parte de Aja vendría bien, un intento mínimo de esquivar los lugares comunes aunque sea por los pelos. Esto no ocurre y la película no consigue entretener, sólo provocar angustia y algunos sustos repentinos sin mayor enjundia.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.