"La silla" es una película española con eminente sabor argentino, una mezcla que añade el humor negro ibérico a la profundidad austral. Julio D. Wallovitz, codirector de "Smoking Room", traza una metáfora gigantesca teñida de surrealismo borgiano con un texto de base maravilloso y estupendos actores para encarnar su fábula. La idea de un hombre obsesionado, cuando su vida deja de ofrecerle una visión optimista del mundo, con una silla de imitación bauhaus en la que pone todas sus esperanzas, transmite bien la noción de que menos es más, y que un planteamiento sencillo puede ser mejor que cualquier enredo pedante si es llevado con buen tino. Francesc Garrido, cuyo personaje es desvestido de elementos concretos hasta convertirse en un sencillo "él" beckettiano, vaga por las calles de una ciudad sin nombre y sin atributos demasiado reconocibles en busca de una silla, mientras una voz en off nos explica que "él ya no siente más que posea sus cosas". Garrido transmite con un humor cándido y que mueve a la compasión el absurdo del hombre moderno, y lo hace rodeado de un montón de buenos actores como Ulises Dumont ("El viento se llevó lo qué") que ponen en pie lo que podría la película que Paul Auster nunca consiguió rodar con éxito.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.