La violencia no es una excusa para iniciar el guión, o para concluir la historia, en "La noche de los girasoles". No es un elemento ajeno a la trama, en cualquier caso, sino que es la esencia misma de la película, una imagen del horror, extraída de las páginas de sucesos, que nos devuelve a una Crónica de la España Negra actualizada. El experimento es admirable aunque incómodo, porque consigue su misión de abstraer la violencia y presentarla con toda su crudeza. Para esto, el director, el debutante Jorge Sánchez-Cabezudo, sigue el camino inverso de la cotidianidad de los informativos televisivos: el abuso de imágenes dolorosas en nuestras pantallas hacen que convirtamos en abstractos y estériles los trágicos episodios de Oriente Medio o las calles de nuestras ciudades. Sánchez-Cabezudo parte de la noción terrible que tienen la matanza injustificada, el homicidio o la violencia psicológica en realidad, para hacerla concreta, y así cercana al espectador, a partir de las historias que entreteje. Carmelo Gómez es la figura más reconocible del reparto; se integra bien entre rostros poco conocidos en la admirable labor que emprenden: evitar que el espectador aleje la mirada de los horrores gracias a sus interpretaciones y al buen guión que anima el filme.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.