Harold Ramis es uno de los mejores directores de la comedia norteamericana de hoy en día, aunque su nombre no sea de los más conocidos. Lo que tal vez alguien retenga es su cara: en 1984 fue uno de "Los Cazafantasmas", Egon Spengler, el que luce gafas y ningún sentido del humor. En 1993 dirigió a otro de estos cazafantasmas, Bill Murray, en la maravillosa "Atrapado en el tiempo", y desde entonces ha hecho otras tres comedias de corte clásico, aunque siempre con una propuesta diferente y arriesgada: a "Mis dobles, mi mujer y yo" (1996) le siguieron "Una terapia peligrosa" y su secuela, en 2000 y 2002. Esta vez no ha conseguido un producto tan redondo, a veces parece que patina en hielo demasiado fino pero, aún así, a medida que avanza la película uno se siente más y más satisfecho con ella. "La cosecha de hielo" es un film ni demasiado complicado ni demasiado sencillo. Esta justeza de planteamientos es, de hecho, su mejor virtud. No hay grandes pretensiones en esta comedia negra, excepto tal vez la de hacer una buena película. John Cusack funciona, en su papel de un abogado criminalista especializado en la mafia, al modo que lo haría Bill Murray: ante la adversidad que crece en cada nueva etapa del filme él se muestra cada vez más cansado pero hierático. El efecto cómico de su actuación es simpático como mínimo, y algunos de los momentos de la película están cerca de ser hilarantes, aunque el tono general de amargura que da Ramis a "La cosecha de hielo" hacen difícil la carcajada. Dentro del panorama navideño al que la película hace referencia se agradece algo de mala leche; entre tanto producto edulcorado, el filme parece poner algo de sensatez a las fiestas con su mal humor, sus chistes negros muy bien escritos y las actuaciones magníficas de Cusack, Bob Thorton, Oliver Platt y Lara Phillips. No estamos ante una obra maestra, pero sí ante algo que puede ser mejor: una película bien hecha que ofrece sin dificultades lo que puede dar de sí.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.