"Lo que queda del día", "Regreso a Howard"s End" y "Una habitación con vistas" deberían sobrar como tarjeta de presentación del tándem formado por el director James Ivory y el productor Ismail Merchant, que falleció durante la postproducción de "La Condesa Rusa". En principio, esta introducción debería bastar para quienes en otras ocasiones se han acercado a la obra de Ivory y han huido precipitadamente de ella. Los que sin embargo disfruten con el ritmo sosegado, los lujosos diseños de vestuario y decorados, y las réplicas elegantes pero alargadas de los personajes de Ivory, pueden encontrarse en esta ocasión con una gran decepción. Fiel a su marca de la casa, el artista con dotes de artesano que es Ivory no ha prescindido de ninguno de sus rasgos direccionales, a pesar de que esta historia pidiera algo bien distinto. Si hace unos años no consiguió elevar del todo su comedia "Le divorce", a pesar de las buenas intenciones, "La condesa rusa" tiene una gran carencia; le falta un tono dramático más marcado y un ritmo apropiado a la historia que ni la presencia de las mujeres Redgraves y Ralph Fiennes pueden corregir. Kazuo Ishiguro, en cuya novela se inspiró "Lo que queda del día", firma un guión demasiado abstracto y esquemático, de forma que ni estos grandes intérpretes consiguen dar entidad a los bocetos de personajes que les han otorgado. Cierto es que Ivory satisface siempre el gusto estético; su nueva película embelesa a la vista pero aburre al intelecto, porque no hay una verdadera historia sobre la que todas estas imágenes puedan posarse. El experimento es una triste caja de música, forrada de terciopelo y con bailarina mecánica, que sin embargo no produce sonido alguno.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.