Karl Valentin, en el rol de un patrón adinerado, está cómodamente sentado con las piernas encima del escritorio de su despacho, un monóculo en el ojo y un puro en las comisuras de los labios, leyendo una revista deportiva y hablando entremedio por teléfono con una joven, con la que queda en la Fiesta de la Cerveza.