A pesar de lo que pueda parecer a priori, A golpes funciona. La segunda película de Juan Vicente Córdoba después de Aunque tú no lo sepas (2000) confirma a un director que sabe dirigir a sus actores y sacar de ellos verdadero material humano. Gracias a esta buen labor se salva un guión que quiere abarcar demasiado, mezclando muchas propuestas diferentes. La película recoge las frustraciones de un grupo de chicas que ha crecido en un barrio marginal de España, del que no pueden salir. La violencia y el dolor están intrincados con sus vidas, y estos son los únicos medios que conocen para medrar al principio de la película. A golpes chirría un poco en el comienzo, pero el esfuerzo que demanda al espectador vale la pena a medida que se desarrollan los personajes, y que la trama dramática va desarrollándose. El boxeo, los alunizajes, e incluso la franja de edad elegida para el cásting, resultan problemáticos en un primer momento. Cuesta entender una película española con estos ingredientes aunque tengamos referentes similares venidos de otros países. Igualmente el tema de la marginalidad hace temer que todo evolucionará hacia un cúmulo de clichés pero, cuando la historia arranca, las piezas van encajando y cobrando la importancia justa en la película. A golpes es una especie de La Haine (1995, Mathieu Kassovitz) en español, aunque con una medida dosis de melodramatismo en lugar de la exacerbada violencia del film francés. El grupo de intérpretes, liderado por Natalia Verbeke y Daniel Guzmán, permiten al filme levantar el vuelo, dotando a los personajes que interpretan de más realidad que la que el guión deja ver, y haciéndonos sentir cerca de ellos pese a las distancias.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.