Cuando el especialista en seguridad Jack Stanfield regresa a casa tras un día de trabajo en el Pacific Landrock Bank, suele suspirar aliviado. No es que no esté entregado a su trabajo; tan sólo está contento por estar lejos de las cámaras omnipresentes y los controles de identidad, de las constantes tareas de mantenimiento y actualización de los complejos firewalls electrónicos y las otras medidas de defensa, que se han convertido en práctica comercial normalizada en esta era en que todo se hace a través de la red: la comunicación, el comercio,... y el crimen. Jack jamás sospecharía que, mientras aparca el coche y abre la puerta de su acomodado hogar suburbano, cada uno de sus movimientos sea observado a escondidas. Saluda a su esposa Beth e intercambian comentarios sobre cómo han pasado el día, mientras sus hijos se pelean por el mando de la televisión. No son conscientes de que cada palabra que dicen es grabada mediante los sensores más avanzados, distribuidos por todas las habitaciones de la casa. Cada vez que Jack habla por teléfono, sus conversaciones son oídas. Cada vez que abre su e-mail, paga sus facturas o se conecta a internet, esa información es registrada.
















