"En la tiniebla" empieza relativamente bien, pero acaba muy mal. A pesar de que la historia suena conocida a partir de los primeros diez minutos, la fotografía de Ashley Rowe y la corrección con la que Craig Rosenberg cuadra los elementos técnicos, hacían esperar un poco más. Sin embargo, el espectador se da cuenta ya en la primera media hora de que no debería haber lanzado las campanas al vuelo. La película comienza atendiendo a muchos clichés del género clásico de fantasmas, pero se mantiene la esperanza durante un buen tramo de que habrá innovaciones. El regreso de Demi Moore podría valerlo. El realizador y escritor Craig Rosenberg comienza entonces a enmarañar la trama, sin novedades, para deslizarse en pendiente a un final previsible y ceder a la tentación de la sangre y lo grotesco. Hacia la última parte de la película se ha perdido todo el encanto: se crean demasiadas dudas sin resolver sobre la entidad de las apariciones, que más allá de respetar la ambigüedad necesaria para crear terror, confunden al espectador y los hastían en su intento natural de comprender lo que está presenciando. Moore, cuya última breve aparición en el cine fue en la segunda parte de "Los Ángeles de Charlie" (2003), es perfecta para el papel que Rosenberg le propone; en parte, porque lo ha hecho otras veces y no añade nada nuevo a esta mezcla horrible de "El séptimo sello" y "Ghost". El resto del reparto, junto a la protagonista, se mueve sin demasiada convicción, actuando de manera apresurada y queriendo forzar al espectador a creer lo increíble. El cine tiene sus reglas más allá de las teológicas; que una película trate sobre lo misterioso, sobre el más allá y otras cuestiones poco alimenticias, no debería significar que sus responsables no intenten dar algo de coherencia al material con que trabajan.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.