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Esta película cubre la acción, la ciencia ficción y lo fantástico prácticamente por igual. Lo nuevo Christopher Nolan, un thiller recargado de emociones, traiciones, trucos, ilusión, verdades, mentiras, etc. El guión es una adaptación libre de la novela homónima de Christopher Priest de 1995, y está escrito por el director junto con su hermano Jonathan.
En “El truco final: El prestigio”, todo comienza en el agitado Londres de finales del siglo XIX, año 1878. En una época en la que los magos son los ídolos más reconocidos, dos jóvenes se proponen labrar su propio camino a la fama. El ostentoso y sofisticado Robert Angier (Hugo Jackman) es un consumado artista, mientras el rudo purista Alfred Borden (Christian Bale) es un genio creativo que carece de la desenvoltura necesaria para mostrar al público sus mágicas ideas. Al principio, son dos compañeros y amigos que se admiran mutuamente. Sin embargo, cuando el mejor truco de ambos se echa a perder, se convierten en enemigos irreconciliables e intentan por todos los medios superar al otro y acabar con él. Truco a truco, espectáculo tras espectáculo, se va fraguando su feroz competición, que ya no conoce límites: llegan incluso a utilizar los nuevos y fantásticos poderes de la electricidad y la brillantez científica de Nikola Tesla, mientras la vida de todos los que les rodean pende de un hilo. Llena de sorpresas y revelaciones dignas de un prestidigitador, la película ahonda en un mundo fascinante en el que se exploran los más lejanos y oscuros límites de la fe, la confianza y lo posible.
Son los últimos años de la magia y la ilusión y, paradójicamente, su canto del cisne, en el momento en el que los adelantos científicos se emplean para mejorar las ilusiones con resultados asombrosos. Nada más empezar el filme, el ilusionista Alfred Borden está siendo juzgado por un percance con su rival, archienemigo y antiguo colega, Rupert Angier, durante la representación de la ilusión que les ha llevado a ambos a extremos de obsesión sin límites. A partir de ahí, los 120 minutos restantes se componen de escenas sin ningún tipo de continuidad temporal, saltando de forma aparentemente arbitraria de un punto a otro de la historia, pero encajando de tal manera, antes de los créditos finales, que hace que se entienda perfectamente lo que ha sucedido y que este efecto se emplee para resaltar puntos esenciales de la trama.
En “El truco final: El prestigio”, en el momento en el que un personaje clave como Nikola Tesla (un David Bowie sorprendentemente contenido) aparece en pantalla, contamos con pequeñas informaciones sobre quién es y a qué se dedica, pero son extremadamente útiles de cara a una escena que tendrá lugar después. Sin contenido, el truco se desvanece, y eso es en lo que “El truco final: El prestigio” se diferencia de otras películas con pretensiones de juego mental.
La rivalidad entre los dos ilusionistas tiene múltiples niveles: no es solo una cuestión personal. Es una rivalidad de clases, entre la educación ilustrada de Angier y la sabiduría callejera de Borden; es además una rivalidad entre el concepto de éxito que tiene cada uno, en la forma de comprender la magia, en conseguir el aprecio del público o en conseguir el aprecio de uno mismo y en el sufrimiento que se alcanza para conseguir el éxito en la profesión: lo que realmente hace falta para ser el mejor.
“El truco final: El prestigio” ofrece trucos físicos. La ciencia ocupa una parte fundamental en este filme y durante su media hora final, es una protagonista más de la película y con El Hombre Transportado (el truco final) casi entra en la ciencia ficción y es por eso por lo que el filme sorprende, porque va mucho más allá de la ilusión y entra en el terreno de lo prácticamente imposible.