Durante la Segunda Guerra Mundial, un campeón de boxeo judío, el griego Salamo Arouch, fue capturado junto a su familia por los nazis, que los llevaron al campo de concentración de Auschwitz. Salamo pudo sobrevivir gracias al boxeo. Servía de entretenimiento a los alemanes, participando en combates que ellos organizaban y fue respetado, a cambio de que siguiera peleando. Su espíritu sirvió para alentar al resto de los prisioneros.