1948. Una noche de luna y violencia, un forastero llega en su camioneta a la taberna de un pueblo asturiano. Se trata de Ramiro Forteza, un portero de Primera División que, por cúlpa de la Guerra, ha cambiado los estadios por las plazas de las aldeas. En la mano lleva una manzana mordida, la señal de que en las montañas las armas no han callado. Forteza explica a los lugareños su espactáculo, un reto de penaltis con unas monedas en juego para quien consiga batirle.
