Calificar de deliciosa la última aventura cinematográfica de Guillermo del Toro podría llevar a confusión, dada la cantidad de sangre y violencia con que el realizador de "El espinazo del diablo" y "Hellboy" adereza esta maravillosa e intensa fábula. Pero en realidad es una delicia, inteligente, profunda, y mágica: un cuento de hadas que en ningún momento se pretende para públicos infantiles, aunque consigue convertir a su público adulto en niños asustados y maravillados. Ciertamente la posguerra española nunca se había visto así; el referente más cercano es la otra película con la que el director mexicano se acercó a esta catástrofe de la historia española, "El espinazo del diablo", aunque sus métodos se han refinado infinitamente desde entonces. Del Toro repite la idea de tener a niños como protagonistas de un terror real, la guerra y la violencia de los hombres, que se vive sin embargo como algo semi-fantasmal. Pero las diferencias son grandes: "El laberinto del Fauno" es un salto de gigante que su brillante director ha podido dar tras curtirse en Hollywood con éxito. "El laberinto del fauno" es una exhibición constante de retos visuales, que no se dan sólo en la brillante oscuridad del laberinto. "Alicia en el país de las pesadillas" podría haberse llamado también esta parábola con la que Del Toro hace entender como nunca, con todos sus efectos especiales y los kilos de maquillaje que cubren a Doug Jones, la crueldad de las dictaduras y su capacidad para anular con ideología la vida humana.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.