Nunca antes una actuación de Meryl Streep había servido tan descaradamente para elevar la película en la que participa. Todo en "El diablo viste de Prada" gira en torno a esta enorme actriz. Sus silencios son de oro, la crueldad que transmite con una mirada es gigantesca, y uno se encuentra deseando que su personaje sea aún más cruel con los vasallos que la rodean. Sin embargo es difícil apreciar cuánto de esto se debe a la valía de una actriz a la que le queda poco por demostrar, o al hecho de que los secundarios sean tan flojos. No sólo estos personajes están mal escritos y responden a clichés cada vez menos graciosos, sino que hasta los actores parecen no saber muy bien dónde posicionarse. Tal vez Streep sólo pueda medirse ya con actores a su altura que no vayan a quedar aturdidos ante su presencia. La historia en el centro de la película es, fuera del personaje de Streep, poco creíble, una nueva Cenicienta, aunque virada esta vez hacia lo profesional y no al terreno sentimental. Es interesante, confiando en que las cosas sean más o menos como nos las cuentan, sumergirse en el mundo de la moda neoyorquina a la que la mayoría no tenemos acceso normalmente. Robert Altman hizo un esfuerzo gigantesco con su terrible "Prèt-â-porter" describiendo el mundo de la moda en París, y, por suerte, "El diablo viste de Prada" resulta más entretenida que aquella.
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