Afortunadamente el poder de la crítica de cine es limitado, y ya no sirve de modo tan extremo para hundir o hacer triunfar películas. Hoy en día la crítica de cine se basa de manera importante en el análisis, limitándose a orientar a ciertas audiencias hacia las películas que pueden resultarles interesantes o a explicar porque otros filmes pueden no resultar apropiados para un tipo particular de público. Luego, cintas como "El código Da Vinci", vienen preparadas de los estudios como tanques de batalla impermeables a cualquier comentario. No importa que la trama sea inverosímil, y que casi cualquiera conozca ya de un modo u otro cómo se desarrolla. La película atraerá a los fans del libro tanto como a aquellos que, habiéndose negado hasta ahora a sucumbir a su lectura, no les importe invertir apenas dos horas para saber de qué habla todo el mundo. Además, Ron Howard ha realizado un gran trabajo a la hora de hacer creíble la fantástica retahíla de maravillosas coincidencias, y de soluciones demasiado afortunadas, con que está tramado el lienzo de la película. La espectacularidad de las imágenes de "El código Da Vinci", la rapidez con que se nos plantean y resuelven los enigmas, nos hacen suspender el juicio crítico con más o menos gusto. Tom Hanks está, como de costumbre, magnífico. Tautou, la bella Amelie, sale de sus registros habituales para crear con solvencia una heroína clásica. Aunque la espectacularidad del filme está puesta al servicio de encubrir mucha vacuidad, nos encontramos ante un buen ejercicio de fuegos artificiales: no son más que pólvora quemada, pero el efecto es entretenido y en ocasiones alucinante.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.