Adam Sandler vuelve al campo del fútbol americano después de la absurda comedia de 1998, The waterboy. Ahora, en perspectiva, aquella película tenía más sentido que esta nueva versión de The longest yard, una comedia de 1974 dirigida por Robert Aldrich, con Burt Reynolds como protagonista y no como un mero soporte del insufrible talento de Adam Sandler. Si The waterboy tenía más lógica que El clan de los rompehuesos es porque, para empezar, era coherente encabezar el casting con Sandler para hacer una película de ese tipo. Pero si se pretende un mínimo de seriedad, como en este remake en que un ex-jugador de fútbol americano es enviado a prisión y allí organiza a un grupo de presos para enfrentarse en un partido a los guardias, la cosa parece estar arbitrada por un topo. Empezando por el casting y terminando por el tono, toda la película está llena de novedades respecto a la versión antigua que destapan un error tras otro; si alguien nos contase las dos películas con la misma línea argumental y luego pudiéramos verlas, consideraríamos que nos han tomado el pelo. La dureza y la fortaleza de carácter de los presos de la primera versión, con Reynolds a la cabeza, era humorística pero elevada. En esta versión el director Peter Segal, firmante de El profesor chiflado 2 y 50 primeras citas, se apaña para introducir entre bromas tontas una historia sentimental que se suponía seria, perdiendo el pulso del enfrentamiento en el campo de juego entre presos y guardias y enfocando la victoria de los primeros, no como si fuese un acto de resistencia, sino como un triunfo absoluto, al estilo Disney, como si ganar un partido de fútbol fuese la única meta de todos los presos. No hay injusticia en comparar una película y su original: si la nueva sale perdiendo no es culpa de la calidad de la original.
Mark Wahlberg se mete en la piel de uno de los personajes más carismáticos de los videojuegos, un atormentado policía en busca de los asesinos de su familia.