Desde su publicación en 1959 "El almuerzo desnudo" de William S. Burroughs se convirtió en una novela de culto, infame si se quiere, y en una piedra angular de la literatura norteamericana a partir de entonces. Cuando en 1991 David Cronenberg dirigió su adaptación al cine, ocurrió algo similar en otro campo artístico: controversia y culto a partes iguales y la consagración de un director esencial. Cronenberg es un director curioso, uno de los pocos autores (tal vez junto a Lynch) que han conseguido escapar de su propio tiempo y de las exigencias de sus fans: hoy como ayer sigue atrayendo sobre todo al público más joven, que ha podido apreciar "Una historia de violencia" pero que sigue acudiendo a las videotecas en busca de "Videodrome" y "La zona muerta". La fortaleza visual de Cronenberg tiene obviamente mayor capacidad de hipnosis y horror cuando es proyectada sobre una pantalla gigante en una sala oscura. "El almuerzo desnudo" es una de esas adaptaciones imposibles que milagrosamente se convierten en celuloide; el inglés demostró gran audacia e inteligencia cuando adaptó el texto del americano buscando la fidelidad al espíritu de la novela más que a su trama o a los detalles que ésta explicitaba. El libro, un clásico moderno, no podía haber caído en manos más apropiadas, las de otro demente inteligente que creó otro clásico, en formato película: ni los amantes más fervientes del libro pudieron enfrentarse a la libertad con la que el director arremetió la faena, pues cada uno de sus gestos visuales parecen responder a los lemas malditos de Burroughs. Como si fuese un discípulo aventajado del escritor, el realizador asumió su mensaje vital y creó una película inspirada sólo ligeramente en la trama de la novela pero infinitamente deudora de su alma sangrante y dolorida. Esencial.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.