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El director ganador de dos Oscar Clint Eastwood (“Sin perdón”, “Million dollar baby”) afronta ahora el reto de hacer una gran película sobre la Segunda Guerra Mundial, pero desvistiéndola de todo romanticismo. Para ello usa como excusa una de las fotos más famosas de la historia americana y mundial, el alzamiento de la bandera estadounidense en el monte Suribachi (Japón) tras 35 días de descarnada batalla.
Eastwood, quien desmitificara el western con “Sin perdón” (1992), remozando el género y volviéndolo a poner de actualidad, se enfrenta ahora a la que es su mayor apuesta y su filme más caro, una película épica con grandes imágenes y un enorme esfuerzo direccional, que pretende acercarse a los mitos de la historia con escepticismo en guardia y ojo crítico. La fotografía en la que cinco soldados y un oficial de la marina levantan la bandera en Iwo Jima sirvió para recaudar apoyo para la Segunda Guerra Mundial en unos Estados Unidos que no veía con buenos ojos la intervención en la contienda. A pesar de que la fotografía, con la que el reportero Joe Rosenthal ganó el premio Pulitzer, es uno de los símbolos patrios de Estados Unidos, Eastwood nos dice que siempre hay dos caras en la misma moneda, como si la imagen de Suribachi fuese el reverso moral de las nuevas instantáneas de Abu Ghraib o las de los vietnamitas masacrados en May Lai.
El guión ha sido escrito basándose en una novela del hijo de uno de aquellos soldados, John Bradly, el único marino del grupo. William Broyles Jr, responsable de los guiones de “Jarhead” y “Apollo 13” y Paul Haggis, firmante de “Million Dollar Baby” y “Crash”, han convertido la novela de James Bradly en una emocionante narración de los días previos al alzamiento de la bandera así como la conversión en héroes de estos soldados desde aquel momento. La crítica se hace presente a través de cinco jóvenes que no entienden por qué se les da estatus de héroes, que participan a regañadientes en las celebraciones nacionales en su honor y que no sienten orgullo por haber participado en la guerra.
Imágenes cuyos colores están mezclado con el barro y la sangre, cercanas a las visiones que Spielberg y Terrence Malick pusieron en pie en “Salvar al soldado Ryan” y “La delgada línea roja”, son las que usa Eastwood para dibujar batallas de gran intensidad, de una violencia trasmitida por un montaje acerado, gigantescas muestras de un horror carente de romanticismo. Esta es la película más cara y más monumental que el director de 76 años, un icono él mismo de la cultura americana, ha emprendido.
Como las películas de Spielberg y Malick, “Banderas de nuestros padres” tiene a un grupo de grandes estrellas jóvenes en los papeles protagonistas, unos soldados casi niños que crecen de golpe y con violencia al enfrentarse a lo peor de la existencia: verse en la obligación de salvar la propia vida y segar otras por el camino, ver caer a los amigos y sentir que su humanidad se pierde entre el caos y el ruido de metralletas, granadas y minas. La película explica por qué la generación que luchó en esta guerra, y en especial en la batalla más sangrienta en la que se implicó Norte América, es reticente a hablar de lo que vivieron y reniegan de su heroísmo.
Ryan Phillipe, protagonista de “Crueles intenciones”, lidera el grupo como el marino John ‘Doc’ Bradley, en torno al cual se teje la historia y cuyos recuerdos, que quedan fijados en el filme, sirven de base. Los marines que acompañan a Bradley son Rene Gagnon (Jesse Bradford), el indio nativo americano Ira Hayes (Adam Beach), el sargento Mike Strank (Barry Pepper), Hank Hansen (Paul Walker), Ralph ''Iggy'' Ignatowski (un crecido Jamie Bell ), Harlan Block (Benjamin Walker) y Franklin Sousley (Joseph Cross). Sólo tres regresaron a casa. Casi un centenar de intérpretes dan vida a otros soldados que perecerían en la guerra, a sus familiares, a miembros del gobierno y la prensa que usaron su tragedia para manipular o inspirar las mentes y los corazones del pueblo americano.
Desde la carnicería en que se convierte el desembarco de los marines en Iwo Jima hasta que el filme cierra, Eastwood habla de la construcción del mito del héroe y los peligros que entraña, rodeándose para ello de un equipo en que se incluyen el director de arte Henry Bumstead y el montador Joel Cox, ganadores del Oscar.