En clave de documental, la riqueza visual, auditiva, cultural, estética y auténtica de África luce con brillantez en esta película. Es una fábula que encierra un supuesto juicio al todopoderoso Fondo Monetario Internacional (FMI). Ese ente creado supuestamente bajo las ínfulas de una supuesta solidaridad internacional es, en realidad, una trampa de endeudamiento en la que los intereses ahogan a quienes suscriben sus contratos. Lo que nació como una idea brillante acaba siendo objeto de la risa popular y la indignación colectiva. En "Bamako" se enjuicia civilmente al FMI aunque lo de menos es el argumento. El espectador disfrutará, sobre todo, de las imágenes de la buena voluntad de esas vidas que se asoman a la pantalla ofreciendo una inocencia y una alegría envidiables en el primer mundo. Hay riquezas que no dependen de lo puramente material. Hay riquezas en un sinfín de pequeños detalles y en la alegría de saber transmitir. Si alguna vez se puede cuantificar la riqueza de un territorio en lo que es capaz de dar sin recibir algo a cambio, entonces atención, porque África entrará en el grupo de los elegidos... pero, claro, es que el G8 ya no estaría compuesto por los mismos de siempre y la sobriedad de los trajes de éstos quedaría eclipsada por vestimentas mucho más coloristas y auténticas.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.