Hasta ahora Daniel Calparsoro se había convertido en un valedor del cine español fuera de nuestras fronteras gracias al paso por festivales de todas sus películas: Salto al vacío, A ciegas y Guerreros, son tres de los filmes en que este prolífico joven director había combinado hasta ahora temas de denuncia social con una estética moderna, casi de video clip. Ahora se las ve con el terror más comercial. Si bien la alta calidad de la imagen y las buenas intenciones de los guiones de sus filmes, de los que también ha sido responsable, le han hecho un hueco importante en el cine de nuestro país, a menudo la narratividad de sus películas se vuelve confusa y parece que los actores no acaben de sentirse cómodos ni creerse sus papeles del todo. Con Ausentes se enfrenta a un género en que el cine español, excepto contadas veces, tiene ambos problemas como talón de Aquiles: confusión en los guiones y actuaciones de cartón piedra. Al guión han ayudado al director Ray Loriga y Elio Quiroga. Delante de la cámara están Jordi Mollá y Ariadna Gil. No es la primera vez que coinciden en la pantalla, pero ahora tienen un niño y una vida nueva por delante: Samuel consigue salirse con la suya y traslada a la familia a una lujosa urbanización residencial a pesar de las reticencias primeras de Julia. Luego a Julia le parece bien tener una casa tan bonita pero no le acaba de convencer que no haya vecinos, que no haya gente cerca, que sólo haya silencio y ausencia. Ella, más sensible que él, sabe que algo no marcha. El niño también lo nota. Comienzan a detectar actitudes raras en Samuel pero no pueden hacer nada hasta que es demasiado tarde y el tipo se vuelve loco. Ausentes es un digno intento de copiar El resplandor, o lo parece, pues el argumento básico es casi el mismo y las intenciones psicologistas detrás del terror son muy similares. El problema es que a pesar de querer mantener el misterio sobre qué son las apariciones y qué significan, los personajes se devanan la cabeza intentando explicar con palabras y más palabras qué ocurre con sus vidas. Y la maraña es difícil de desenredar, y las sutilezas se pierden en lo abstracto. Pero da miedo, eso sí, hay inteligencia detrás de la cámara y un ritmo trepidante que, como en El resplandor, asusta por lo limpio que es.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.