Rafa Russo debuta con una absorbente historia de dos personas maduras en busca del amor. "Amor en defensa propia" es una pieza de arte delicada, sutil, bellamente hilada, como una gota de cine homeopático cuyos resultados tardan en hacer efecto. La delicadeza de la historia, la calidad con que evoluciona la película y los detalles que construyen a los personajes y las situaciones, van ganando calado a medida que se desarrollan ante el espectador, con aparente facilidad. Russo ha hecho que su película funcione exactamente del modo en que sienten los protagonistas, siendo abrupta en ocasiones, pero virando pronto hacia otros tipos de lenguajes cinematográficos y otros ritmos narrativos. "Amor en defensa propia" se resuelve como si se tratase de varias películas, cada una dedicada a una fase de la relación que se establece entre los protagonistas, pues crea la agradable sensación de estar presenciando algo vivo, en crecimiento e imprevisible. El resultado queda lejos de resultar confuso, pero consigue remover los humedales interiores del espectador. Bella, sencilla, "Amor en defensa propia" cuenta con las valiosas interpretaciones de Ana Fernández y Gustavo Garzón para poner voz y rostro a lo que, de todos modos, ya tenía alma, desde el mismo guión.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.