Tras conseguir la Concha de Plata a la mejor actuación para su protagonista, Juan José Ballesta, en el Festival de cine de San Sebastián, llega a las salas comerciales el drama nacional Siete vírgenes. Lo más loable de la propuesta de Alberto Rodríguez como director y guionista (junto a Rafael Cobos) es que se acercan al personaje y a su entorno sin sentimentalismos, casi con demasiada dureza porque lo que al final entregan son personajes antipáticos, como si pretendiesen conseguir la empatía del espectador sin intermediarios, o que el público llegue a sentirse cerca de estos críos de la calle y no por lo que dos guionistas bienintencionados puedan hacer de ellos. El problema es que a veces la falta de guionistas no se ve sólo en la falta de un punto crítico sobre los jóvenes vándalos que protagonizan la película -y para lo que tal vez sería más apropiado un documental- sino que el argumento queda demasiado limitado a todo lo que Tano puede vivir en 48 horas que tiene de permiso fuera de la cárcel y el fin amargo de mostrar un paso a la madurez desesperanzado queda pronto demasiado a la vista. La película cuenta a su favor con una excelente pareja protagonista, formada por Ballesta y por el impresionante hallazgo de Jesús Carroza como su amigo Richi. Afortunadamente Rodríguez salva el escollo de repetir Barrio (la película de 1998 de Fernando León de Aranoa), aunque le cuesta más no repetirse a sí mismo dentro de esta película, sobre todo a nivel visual. A pesar de que hay momentos en que la emoción dramática que algunas escenas prometen no se alcanza, la película funciona muy bien en su narratividad y transmite reflexiones importantes sobre el tema de la juventud marginada sin hacer demasiados aspavientos.
Flink es un genio que ha inventado una máquina que transforma el agua en comida. Nadie en su ciudad imaginó que un día empezarían a llover hamburguesas.