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El mar ha sido para los humanos, desde el principio de la historia, un lugar misterioso e inabarcable, cuando no directamente amenazante y peligroso. El cine no ha desaprovechado la oportunidad de reflejar, en multitud de títulos y de maneras muy distintas, esta compleja relación.
Sin duda, la película que mejor ha aprovechado el terror ancestral del hombre hacia el mar ha sido “Tiburón”, el clásico filme de 1975 dirigido por Steven Spielberg. La fuerza de sus imágenes activó el imaginario colectivo, provocando un descenso real en el turismo costero durante algunos años, y el miedo a ser devorado por un tiburón incluso en zonas poco profundas o donde no habitan estos animales. “Abyss”, “Aliens of the deep”, “Deep Blue Sea”, o “Into the blue” no podrían existir sin este referente. Aunque, en realidad, lo que hizo Spielberg fue hacer visual (magistralmente) un miedo inconsciente, pero real y frecuente, al agua y sus misterios; algunas películas de serie B han conseguido incluso crear pavor a ser devorado por pirañas en la propia bañera de casa.
Aunque aquí el límite parezca desbordarse, el miedo no deja de ser lógico: demasiada agua y poco oxígeno producen asfixia. Así, la clásica “Les diaboliques” (Clouzot, 1955) ofrecía como plato fuerte el asesinato por asfixia en un baño, y Peter Greenaway usó un método similar para poner en marcha la trama de “Conspiración de mujeres” (1988), cuyo título original podría traducirse por “Ahogándose en números”. Aunque la asfixia no tiene que ver en la muerte de Janeth Leigh en “Psicosis” (1970), el elemento líquido vuelve a estar presente y añade un inquietante punto extra al terror. Cualquier historia de miedo incrementa sus efectos cuando se añaden escenas acuáticas: aunque misterioso, el efecto está probado. Así, una de las escenas más terribles de “Alien: resurrection” (1997) no tiene la materia negra del universo como fondo protagonista, sino un montón de agua estancada. Igual ocurre con otra cuarta entrega de una saga, la de Harry Potter, que tiene en la secuencia del lago negro uno de los momentos más angustiantes de la tetralogía.
El reciente remake de “La aventura de Poseidón” (1975), fundamenta todo el horror de la tragedia en la fría crueldad del mar y en el hundimiento de un barco con una abundante tripulación. No hay diferencias fundamentales aquí con “Titanic” (James Cameron, 1997), a pesar de que ésta esté tristemente basada en una historia real. El director del nuevo “Poseidón”, Wolfgang Petersen, ya había demostrado su capacidad de angustiar, usando ingentes cantidades de agua, en su clásico “Das Boot” (“El submarino”) y en “La tormenta perfecta”. Incluso una película clásica sobre tragedias aéreas, consigue exacerbar la sensación de horror haciendo caer el avión dañado al mar: nos referimos a “Aeropuerto 77” (1977).
Del mar pueden llegar, en el cine y en la vida real, algunos enemigos temibles, aunque a la vez sea un elemento incomparable para la aventura y una gran metáfora de lo desconocido. “1941” (Spielberg, 1979) parodiaba lo que en “Pearl Harbor” (Michael Bay, 2001) era una tragedia: el ataque, desde un submarino en el mar, a la costa californiana. Sin embargo, el mar también puede traer agradables sorpresas, como la sirena Daryl Hannah de “1,2,3... Splash” o abrir camino a nuevos descubrimientos.
Los que han sido valientes para adentrarse en las profundidades del mar han encontrado paraísos psicotrópicos como el de “La playa”, aventuras inimaginables como en “Piratas del Caribe” o “Master and commander”, lecciones fundamentales como en “Life Aquatic” y “Buscando a Nemo”, o incluso un encuentro con el creador, como humorísticamente dibuja Peter Weir en “El show de Truman”.