Recibe noticias de entretenimiento en tu móvil. Más...
La historia de Jean-Baptiste Grenouille, protagonista de “El perfume: historia de un asesino”, puede ser considerada como la de un artista en busca de su obra de arte, o la de un niño maltratado en la perpetua búsqueda del afecto del que ha carecido. Sin embargo, Grenouille es un psicópata a la altura de otros personajes ya clásicos del cine como el doctor Hannibal Lecter o el empleaducho de hotel Norman Bates.
No porque la historia de Grenouille esté revestida con los colores y ornamentos del siglo XVIII y bañada en una notable catarata de metáforas es menos real el pavor que produce su fría, más que calculada, serie de asesinatos. De hecho, pocas veces como en “El perfume”, se nos ha permitido acompañar tan de cerca a una de estos personajes terribles.
Tom Tykwer, el joven alemán que se ha hecho cargo de la película, respeta desde luego la posición del novelista Patrick Süskind en cuyo libro homónimo se ha inspirado el filme. Grenouille es el protagonista absoluto de la historia y, por ficticia e irreal que sea su búsqueda de un perfume perfecto, Amor, se nos muestra el por qué acaba asesinando a una mujer tras otra. Pero nunca se nos sitúa al lado del protagonista, en ningún momento pretende Tykwer que sintamos simpatía por quien no tiene ninguna capacidad empática para entender el sufrimiento o las necesidades ajenas.
Películas como “El silencio de los corderos” o “American Psycho” han creado un cierto interés colectivo en entender la figura de estos psicópatas, que a su vez ha permitido a los círculos médicos reaccionar y explicar, sin intención de crear alarma social, que este tipo de psicopatía es más normal de lo que pudiera parecer. Básicamente esta dolencia mental significa que el individuo que la padece es incapaz de acceder a los sentimientos de otras personas, que reaccionan con frialdad ante sus necesidades y que pueden planificar y crear dolor en ellos sin inmutarse si con ello creen conseguir lo que desean.
El psicópata clásico por antonomasia en la historia del cine es Norman Bates, creado por el novelista Robert Block y llevado al cine por Alfred Hitchcock en 1960. La película hoy, en 2006, carece de gran parte de la efectividad que provocó tanto terror en los años siguientes a su estreno, y es más fácil verla como un ejercicio de estilo y un filme que contiene algunas de las escenas más memorables de la historia, como el acuchillamiento de Janet Leigh en la ducha, mientras suenan los chirridos de Bernard Herrmann, o la última secuencia del filme que no desvelaremos por motivos obvios.
A Norman Bates, interpretado por Anthony Perkins, le sobrepasarían luego asesinos bastante más brutales, gente mucho más siniestras y cuyas matanzas podían ser retratadas en los nuevos tiempos con mayor crudeza. Hannibal Lecter, el personaje que proporcionó un Oscar a sir Anthony Hopkins en 1992, es una de estas criaturas perversas. Aunque en “El silencio de los corderos” apenas tenemos acceso a su actividad criminal, encerrado como está la mayor parte del tiempo en una cárcel de máxima seguridad, Lecter provoca pavor en el espectador simplemente por la frialdad con que explica a la teniente Clarece Starling (Jodie Foster) lo que sí ha hecho, mientras ésta intenta conseguir de él la ayuda para hacerle comprender la psique de otro psicópata al que el FBI necesita detener.
Pero a medida que avanza el tiempo, hasta estos personajes quedan reducidos a anécdotas de las revistas de cine o a las páginas de sucesos de sociedad. De vez en cuando descubre un nuevo psicópata, pero lo que “Elephant” (Gus Van Sant, 2005) por ejemplo describe, basándose en los masacre de Columbine de unos alumnos contra otro, no deja de ser un ejercicio de psicopatía mucho más preocupante y actual. Un análisis clínico del psicópata en el cine debería incluir como mínimo los historiales médicos del Señor Amarillo en “Reservoir dogs”, de la Annie Wilkes de “Misery” o el Jack Torrance de “El resplandor”, el Alex de Large de “La naranja mecánica”, el “Dr. Caligari” interpretado en 1920 por Werner Krauss, el Harry Power de “La noche del cazador” y el Travis Bickle de “Taxi Driver”.